Chernóbil, 30 años después


Hace casi 30 años, la explosión en el reactor número 4 de la central de Chernóbil, a 120 kilómetros de Kiev, liberó a la atmósfera más de 50 millones de curies de radiación, contaminando vastas zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Fue el peor accidente nuclear de la historia, cuyas consecuencias son aún visibles para la población y el entorno.
La posterior gestión gubernamental del mismo -la Unión Soviética no ordenó evacuar la zona hasta 36 horas después del accidente- multiplicó sus efectos hasta límites aún desconocidos.

El accidente mató a 31 personas en el acto y obligó a decenas de miles a huir. Aunque el balance final de fallecidos por enfermedades vinculadas a la radiación, como el cáncer, es controvertido, la Organización Mundial de la Salud estima que fueron al menos 9.000. Un informe de Greenpeace citando un estudio bielorruso eleva esta cifra hasta los 115.000.

Se creó una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor del reactor donde el riesgo por envenenamiento de radiación persiste, pero al que unas 160 personas que en su día fueron desplazadas han decidido volver. Maria Lozbin, de 69 años, es una de ellas. Ella ha vuelto porque el lugar al que fue desplazada estaba lleno de alcohólicos y drogadictos, asegura. “Vivir allí era como estar esperando la muerte”, dijo a Reuters.

Ahora vive con su hijo y su familia de nuevo en Chernóbil, en una zona a la que solo se puede acceder cruzando un control y donde los guías acompañan a curiosos turistas con medidores de radiación.

Las altísimas emisiones de radiación tras el accidente solo pudieron ser aplacadas hacia el 13 de mayo, después de días del sacrificado trabajo de bomberos y los denominados “liquidadores”, cientos de miles de personas que participaron en las labores de extinción recibiendo dosis insoportables de radiación. La mayoría murieron poco tiempo después. En la actualidad, quedan vivos solo 130.000, que en la conmemoración de este 30 aniversario protestarán por la política de “ojos cerrados” ante el problema.

El pasado 17 de marzo, la Rada Suprema (Parlamento ucraniano) aprobó una ley que devolvía a varias categorías de “liquidadores” y veteranos algunos beneficios sociales que habían sido eliminados en 2011, como tratamientos médicos gratuitos o compensaciones. Pero la ley ha sido vetada por el presidente Poroshenko, que la devolvió a la Cámara con una lista de enmiendas para su estudio.

“Los cambios supondrán gastos adicionales para el presupuesto de Ucrania y, según los cálculos del Ministerio de Finanzas, la aplicación de la ley supondría un desembolso anual” inasumible para el presupuesto nacional, explicó el presidente.

A pesar de la financiación extranjera que ha recibido el gobierno ucraniano para aplacar las consecuencias de Chernóbil, la falta de fondos es el principal problema para una solución definitiva. Este lunes, la Comisión Europea anunció una nueva contribución de 20 millones de euros al fondo de la Cuenta de Seguridad Nuclear que se encarga de desmantelar de forma segura la central.

En los meses posteriores se construyó una primera y precaria cubierta para el siniestrado reactor número 4, cuya vida útil llega a su fin ahora.

Por ello, un consorcio internacional está terminando de construir junto a la central un nuevo sarcófago, una estructura gigante en forma de arco, de 108 metros de alto, 150 de ancho y 256 de largo que se prevé colocar sobre la antigua cubierta a finales de este año.

“Nos encontramos en la última fase de la construcción del arco de confinamiento. Según nuestros planes, en noviembre de 2016 será trasladado (mediante raíles) al cuarto bloque de Chernóbil”, afirmó el director general de la central atómica, Igor Gramotkin.

También está en marcha el proceso para el desmantelamiento total de la instalación: de acuerdo a Gramotkin, el tercer bloque “prácticamente ya no tiene el estatus de instalación atómica” tras ser retirado el combustible nuclear, y en los próximos meses ocurrirá lo mismo con los bloques 1 y 2.

Con el nuevo sarcófago, que se prevé empiece su funcionamiento a finales de 2017, se quiere evitar que haya escapes de radiación del reactor número 4 durante el próximo siglo.

Mientras, en un banco de Chernóbil yace un periódico soviético del 24 de enero de 1986, cuatro meses antes del desastre. El titular dice: “No a la prueba nuclear”.

-Público.es

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