Lo que Chávez sembró. Testimonios desde el socialismo comunal


A propósito de la aparición del libro Lo que Chávez sembró. Testimonios desde el socialismo comunal (Sudestada) –que se presentará la semana próxima en distintas ciudades de Argentina– reproducimos el prólogo que abre el trabajo. Sin dudas, estos textos recorren el proceso bolivariano desde una mirada novedosa que pone el ojo en la simiente de la revolución en Venezuela.

Ante nosotros y nosotras un libro sobre la Revolución Bolivariana de Venezuela, uno de los tantos publicados en los últimos años. Pero, sin desmerecer a otros libros inobjetables –algunos, por cierto, alcanzan el rango de imprescindibles– debemos decir que Lo que Chávez sembró tiene un plus que sólo comparte con unos pocos. Aquí la Revolución Bolivariana está contada desde adentro y desde abajo. Desde la experimentación colectiva y la construcción de relaciones intersubjetivas que vienen desarrollando la conciencia revolucionaria del pueblo y que proponen la resignificación del socialismo en una clave original y potente: el socialismo comunal, la creación una sociedad civil socialista.

Este es un libro testimonial. Su insumo básico es un puñado de voces y pulsaciones populares altamente representativas de los comuneros y las comuneras de toda Venezuela. Este es un libro hecho en carne viva, con la cuota necesaria de embriaguez de los sueños bellos y desaforados.

El pueblo venezolano, constituido en sujeto histórico, viene traduciendo a su propia realidad la fórmula marxista, libertaria, cristiana, indigenista, en fin: emancipadora y redentora, que propone hacer de cada comuna el centro y el núcleo de los agrupamientos de trabajadores y trabajadoras, para debatir sus posiciones y avanzar en la concreción de sus intereses sin las mediaciones e influencias burguesas, de manera independiente y descentralizada. Un diseño alternativo de articulación política y social contrapuesta a la del capital. La tan declamada autoemancipación de los trabajadores y las trabajadoras. La “forma política de la emancipación social” o la “forma comunal de la organización política”, nada más y nada menos.

Combinando la instigación consciente con las “fuerzas elementales” y espontáneas que vienen del fondo de la historia, el pueblo venezolano se lanzó a hacer realidad la consigna póstuma del Comandante Hugo Chávez: “comuna o nada”. La comuna como la estrategia que desencadena un proceso popular constituyente que tiende a ser ininterrumpido. La comuna como el ámbito que auspicia los eslabonamientos entre los fines próximos y los fines últimos; como fuerza socializadora y como espacio del autogobierno, la democracia de base, la acción directa y la autogestión; como el ejercicio colectivo y plebeyo de funciones ejecutivas, legislativas y productivas convergentes; como el conjunto de praxis orientadas a la construcción de una institucionalidad de clase propia de los trabajadores y las trabajadoras. La comuna como el emplazamiento más sólido para la acumulación progresiva de poder popular, de poder de clase (basado en la independencia de clase); como todo aquello que le permite al pueblo la realización de un destino concebido como la antítesis exacta de una condena. La comuna como la articulación de las relaciones sociales que constituyen la base de apoyo del proceso revolucionario bolivariano y el principal motor de su extensión y profundización. También como una respuesta de clase en un contexto transicional signa-do por la confrontación social.

Con la legitimidad que le otorga un elevado grado de interioridad, con recursos literarios que le permiten transmitir impecablemente la intensidad de pasiones, colores, sabores, sonidos y olores, Marco Teruggi narra un proceso abierto y dinámico de construcción y experimentación de nueva sociedad y nueva institucionalidad, de pueblo en marcha hacia su autoemancipación. Es evidente que en la Venezuela bolivariana no se instituyó la promesa de un mañana radiante para disciplinar el hoy. El pueblo es versátil y avanza con una racionalidad propia, a veces complementada, otras abiertamente enfrentada con la racionalidad del Estado. No existe tecnocracia liberadora, por más “virtuosa” que sea y esto se reafirma en las páginas que siguen. Las fuerzas de la estatización (contrarias a las fuerzas de la socialización), las lógicas de la institucionalidad burguesa y burocrática, son precisamente las que frenan la profundización de la Revolución Bolivariana y tornan al proceso reversible, exponiéndolo a las regresiones.

De todos modos, vale destacar la afortunada anomalía de la Revolución Bolivariana cuya textura aparece reflejada, con cierta porfía, en las páginas que siguen: un Estado que no es integralmente el enemigo de las formas comunitarias. Es más, en algunos casos resulta casi un buen amigo de las mismas y hasta se dedica a impulsarlas y potenciarlas, traspasando cuotas de poder al pueblo y sus organizaciones, transfiriendo algunas de sus tareas al cuerpo social, proporcionando el medio “racional” para la emancipación, contribuyendo a modificar la correlación de fuerzas a favor del cambio estructural de la sociedad y el poder. ¿Un Leviatán a contramano? ¿Un Estado que no convierte en sapos a los príncipes cuan-do los roza con sus labios? Sólo en parte. En última instancia no deja de ser un Estado cuya naturaleza se ve afectada por el desarrollo del poder popular y la dinámica que impone la transición.

Esto que afirmamos, y que remite a una dialéctica particular, encuentra correspondencias por lo menos con algunas porciones del Estado, con algunos gobernantes virtuosos, auténticos políticos populares, que están a la altura de su pueblo y de la historia.

Bien sabemos que no se puede poetizar una administración, que es ridículo elaborar una épica de la gestión, pero llegado el caso, se le puede reconocer honestidad, eficacia y funcionalidad instrumental. Sobre todo, puede reconocérsele conciencia política, decisión revolucionaria, capacidad de conducción, plena confianza en la capacidad estratégica de la clase trabajadora y compromiso con la causa popular y con la tarea de activar la potencia de las bases. Pueden detectarse las modalidades tendientes a incrementar el poder de las organizaciones y movimientos populares, las iniciativas que buscan entronizarlos en el aparto del Estado para modificarlo. ¿Cuánto aportan al proceso bolivariano esas regiones del Estado y del gobierno popular que hacen posible el círculo virtuoso entre lo instituido y lo instituyente? Sin dudas, muchísimo.

Podrá argumentarse, con razones válidas, que el Estado socialista comunal, constituye un oxímoron, pero hay que reconocer que no deja de ser una fórmula que, en la Venezuela bolivariana, se traduce en movilización, creatividad, invención, autonomía y protagonismo popular. Se traduce, principalmente, en praxis concretas –con el gaje de la conciencia socialista o no tanto– que son antagónicas a las lógicas reproductivas del capitalismo y destructivas de las formas burguesas del Estado. Por otro lado ¿puede evitarse el oxímoron, la paradoja, la contradicción y la tautología en un proceso de transición, en un contexto donde lo nuevo convive (bien o mal) con lo viejo? ¿Puede un proceso de transición ser lineal y estar exento de tensiones? No hay que ser muy preclaro o preclara para presagiar que dichas tensiones no harán más que incrementarse, que el Estado como construcción social no puede dejar de conmoverse a medida que avance y se consolide el poder comunal, el poder popular.

Porque el socialismo comunal es algo bien distinto a la profundización de las formas de la democracia burguesa, diferente al paternalismo y las formas de representación delegada, que –debemos decirlo sin tapujos– aún pesan en Venezuela. Como pesan la ideología de la clase dominante y los valores burgueses. Entonces, resulta indispensable ahondar y extender la democracia comunal para acumular la fuerza social que haga posible la destrucción del aparato burocrático del Estado burgués, para que el pueblo venezolano pueda dar nuevos saltos políticos cualitativos y aportar a la construcción del socialismo. Las comunas y todas las instancias de poder popular deben ser el principal sostén del gobierno popular, pero consideramos que no deberían subordinarse jamás a este, ni institucionalizarse en función de marcos legales y acuerdos jurídicos más o menos convencionales. Las comunas deben ir más allá.

Desfilan ante nosotros algunos de los más notables experimentos de un pueblo que trabaja para liquidar las lógicas del capitalismo basadas en el utilitarismo, la competitividad, la religión de la acumulación, la metafísica de la mercantilización, el autoritarismo, el verticalismo, el asistencialismo, el clientelismo, el consumismo, el poder operacional. Vemos cómo se combinan los ensayos de economía popular, de desarrollo endógeno, de trabajo voluntario (la posibilidad misma de generar nuevas relaciones sociales en el ámbito de la producción, la distribución y el consumo), con trabajadores y trabajadoras que no reifican el capital, con dirigentes que aprenden a mandar obedeciendo, con intelectuales que aprenden a teorizar sobre la práctica desde la práctica. Vemos los indicios de un programa económico basado en la complementariedad entre participación comunal y planificación macroeconómica. Vemos los bosquejos de un programa económico socialista que ya no quiere ser concebido como la fusión de productivismo, industrialización y reformismo social.

La escritura de Marco amplía el horizonte de visibilidad de experiencias formidables. Aporta insumos para pensar las praxis populares en Nuestra América. Esperamos que sirvan para modificar algunas valoraciones politicistas de la izquierda en Nuestra América, para una autocrítica de las representaciones a través de las cuales la izquierda suele pensar la sociedad política.

Marco nos muestra a un pueblo construyendo y viviendo la comuna como realidad y proyecto, pero además como el único camino y el único objetivo que pueden garantizarle al gobierno popular una perspectiva de mediación enriquecedora e inagotable. La comuna es el mejor antídoto contra la burocracia, contra el modelo rentístico-petrolero, contra la improductividad de la clase dominante doméstica, contra la porquería remanente y abundante del Estado burgués, contra la alienación y el fatalismo. La comuna es el mejor reaseguro de la soberanía, es, por lo tanto, el mejor diseño contra el imperialismo y contra los modelos o los “aliados ideológicos” contranatura, verbigracia: ¡China!

Al luchar contra la burocracia que la hostiga con regularidad, la comuna evita que la Revolución Bolivariana se copie a sí misma, se reitere, se degrade y muera de inanición política e ideológica. La praxis comunal es la única que podrá rebasar sus premisas, porque tiene la aptitud de des-plegarse y colmar los espacios de participación establecidos, pero sobre todo porque es la única con capacidad de crear nuevos espacios de decisión y nuevos espacios de poder político. La comuna es la mejor medida del avance revolucionario. La comuna es el contenido más fecundo de la revolución bolivariana. La comuna hace la revolución. La hace permanente. La comuna es el mejor remedio contra el reformismo. La comuna nos incita a “avanzar para consolidar”.

Marco también nos presenta un tropel de incertidumbres, las inevitables angustias generadas por la búsqueda de la armonización de una multiplicidad de tramas culturales, ideológicas y políticas irreductibles a un formato pragmático único en un contexto de polarización extrema respecto de las clases dominantes, un contexto de lucha de clases.

Estas crónicas transmiten los signos de un espíritu rebelde, un desborde del deseo que no se ajusta a ninguna lógica y que atraviesa al unísono a todo un pueblo. Toda ciencia política queda corta.

En la Venezuela que construye el socialismo comunal, el cuerpo parece ser más rápido que la conciencia. De ahí algunos problemas de “estilo” y “método” de la revolución que el autor no niega. De ahí, también, algunos problemas prácticos indigeribles para los que siguen obnubilados por las formas de poder institucionalizado o instaurador.

No se comprende cabalmente el proceso de la Revolución Bolivariana si, consciente o inconscientemente, se siguen buscando expresiones orgánicas más cercanas a las ideas abstractas (o a las abstracciones idealiza-das) y a los afanes totalizadores. Para penetrar en el universo de la Revolución Bolivariana hay que ser un militante “secularizado” y feliz, hay que aspirar a ser parte modesta de un agenciamiento colectivo y no miembro narcisista de un comité redactor de recetarios infalibles y planificador de la lucha de clases.

No podemos evitar recordar lo que Eurípides decía en Las bacantes: “Hay una sabiduría que es pura locura, los pensamientos que superan lo humano acortan la vida, pues quien apunta demasiado alto pierde el fruto del instante”. Marco captura esos instantes y sus frutos. Consideramos que este es un libro casi fotográfico. Al modo del mejor fotógrafo o la mejor fotógrafa, Marco capta en cada instante (en cada “instantánea”) la “semejanza íntima” de cada experiencia, de cada persona. Si se asume el ambicioso horizonte del socialismo hay que tener presen-te que los grandes escenarios más o menos épicos que se han hecho y seguramente se harán presentes, no pueden ni deben reemplazar la tarea de la construcción de un movimiento popular y una sociedad civil socialista. Las voces que Marco amplifica, las experiencias emancipado-ras que nos relata cumplen con sus deberes inmediatos. Precisamente por eso se tornan universales.

Marco nos propone una aceptación vital y militante de lo inconcluso, de lo experimental, de la fragilidad de los cuerpos que son, por su praxis cotidiana, la vanguardia palpable del socialismo en Nuestra América, al tiempo que no quieren ser la vanguardia de ninguna perfección. La van-guardia inusual que contradice toda lógica finalista. La vanguardia imperfecta de lo que vive, desea y se rebela. Una vanguardia humana.

¿Acaso Marco no nos está mostrando los signos propios de un proceso auténticamente revolucionario? Incluso deja entrever el elemento trágico característico de las grandes conmociones sociales y políticas. Hablamos de la tragedia en sentido estricto. Algo diferente al drama y absolutamente consustanciada con la lucha de clases. La tragedia como una situación de tensión entre opuestos sin ninguna posibilidad de síntesis. Una circunstancia en la que el pueblo crea colectivamente un nuevo sentido mientras descubre la felicidad más rotunda, más humana. La recóndita felicidad que se origina en la unión, en la desalienación que hace posible el goce; la felicidad orgánica que se produce cuando llega el fin de la soledad y la victoria contra la muerte; en fin, la violenta felicidad que se deriva del socialismo de las comunas, posiblemente la forma más auténtica del comunismo porque está basada en una forma de vida y no en un gobierno preclaro o un plan infalible, en un saber para vivir y no en un saber para dominar.

Hay tragedia porque el Imperio, las clases dominantes, las clases medias egoístas, impiadosas y abiertamente pronorteamericanas (sostén del fas-cismo) y los oportunistas de toda laya, se oponen a esa felicidad popular. Hay tragedia porque existe un pueblo con la firme determinación de ejercer su libertad y de ponerla en juego en cada decisión. Un pueblo que sabe que esa determinación lo hace más vulnerable y por eso asume la necesidad de construir su fortaleza. El poder popular es una fuerza que siempre se construye desde una condición vulnerable. No hablamos de debilidad, sino de vulnerabilidad, de los peligros a los que se exponen siempre los revolucionarios y las revolucionarias, los y las rebeldes.

Marco no negocia ni un punto de la utopía bolivariana, pero es lúcido y realista. Por eso está lejos de transmitirnos una realidad panglosiana. No ignora todo lo que lacera el proyecto emancipador: los campesinos y las campesinas, los comuneros y las comuneras, los y las militantes chavistas muertos y muertas a manos de terratenientes y paramilitares –“sicariar” es un verbo que para el pueblo siempre se conjuga en segunda persona del plural–, las regiones del Estado absolutamente hostiles aunque se vistan de rojo, todo lo que mina la revolución desde sus entrañas: las formas burocráticas, los hábitos verticalistas, la pasividad demencial, las dilaciones y los aplazamientos, las retóricas de la no confrontación, todas las prácticas perversas –y difíciles de desarraigar– que conspiran contra el colectivismo y deterioran la solidaridad de clase.

Marco nos trae los signos de un tiempo de protagonismo popular y de lucha por conservar esa felicidad popular, por profundizarla y extenderla (las únicas formas de conservarla que conocemos). Insistimos: “avanzar para consolidar”.

Marco despliega un pensamiento en contacto directo con la realidad revolucionaria de la que participa, se alimenta de la historia pensada y vivida. La riqueza está en la realidad, en sus objetos y sus sujetos, pero también en la mirada y en el oficio del militante-escritor. Consideramos, además, que su historia personal, lo ha tornado susceptible a todo lo que tiene que ver con arraigos e identidades, con todo lo que contribuye a construir lazos y sentidos de pertenencia. Marco no quiere estar “fuera de lugar”. ¿Qué mejor condición para comprender el poder popular, el poder comunal?

Hay que saber ver y sentir lo que acaece en los confines de las perspectivas más usuales, lo que galopa en los corceles del futuro. Hay que saber encontrar las palabras más adecuadas para contarlo. Marco Teruggi sabe ver, puede sentir y tiene oficio para contar. Es un escritor de la dimensión de lo que cuenta.

via -tercerainformación

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